Era un maldito jueves por la noche, y sentía la tensión correr por mis venas mientras aparcaba frente al edificio de Lucía. Después de un día interminable en la oficina, con el calor pegajoso de Sevilla todavía aferrado a mi piel, mi corazón latía con fuerza, no solo por el cansancio, sino porque sabía lo que iba a pasar esta noche. Lucía no era mi novia, ni siquiera algo cercano a eso. Yo tenía a alguien, sí, pero llevábamos semanas distantes, ella siempre ocupada con sus cosas, siempre con excusas. Y yo… yo estaba al límite. El deseo me consumía, me quemaba por dentro. Y Lucía, mi amiga de toda la vida, la que siempre había estado ahí, me había puesto esta oportunidad en bandeja de plata. Sin compromisos, sin dramas. Solo pura, cruda diversión.
Todo empezó el martes, cuando no pude más y le escribí. Sus fotos, las que me había mandado de broma unas semanas atrás, se me habían grabado a fuego en la cabeza. Sobre todo una, donde se había atado un cinturón de cuero negro alrededor de las caderas, con una mirada que era pura provocación. Era como si supiera exactamente cómo volverme loco. Cuando la llamé, me picó, me desafió con esa voz suya, tan segura, tan directa. “Tu chica no te da lo que necesitas, ¿verdad? Admítelo, no sabe cómo manejarte”, me dijo, con un tono que era veneno y miel a la vez. “Si no te deja desahogarte como toca, ven conmigo. Yo sé cómo tratar a un hombre. Puedo con todo lo que ella no.” Dudé, claro que dudé, pero su voz me empujó al borde. No esperó ni al fin de semana, me citó para esta noche. “Ven a las nueve, directo del trabajo. Necesito tiempo para prepararme. Y no, no vamos a hacer tonterías de pareja. Esto es para pasarlo bien, nada más.”
Cuando llegué a su piso en el barrio de Triana, era un manojo de nervios. Mis manos sudaban mientras pulsaba el timbre. La puerta se abrió, y ahí estaba ella. Lucía, con una camiseta de tirantes negra, tan fina que apenas cubría nada, y unas braguitas mínimas que dejaban poco a la imaginación. Su melena oscura caía desordenada sobre sus hombros, y me sonrió con esa mezcla de picardía y certeza, como si ya supiera todo lo que pasaba por mi cabeza. “Vaya, así que te has atrevido”, dijo con una risita, haciéndose a un lado para dejarme pasar. Su piso estaba cálido, con un aroma dulce flotando en el aire, quizás un perfume o una vela de esas que siempre tenía encendidas. No podía apartar la vista de ella mientras me sentaba en su sofá. Hablamos un rato, me preguntó por mi día, y yo balbuceé algo sobre el trabajo y el gimnasio. Pero los dos sabíamos que era solo una forma de alargar la tensión, de saborear el momento antes de que todo estallara.
“Vale, basta de cháchara”, dijo de pronto, inclinándose hacia mí con los ojos brillando de determinación. “Antes de empezar, unas reglas.” Asentí, curioso y un poco nervioso. “Primero: nada de romanticismos, ni miraditas, ni tonterías de esas. Esto es físico, y punto. Si hay contacto, que sea en la cama, y solo para lo que toca. Segundo: esto no significa nada. Somos solo un medio para el otro, un desahogo. Yo tengo mis rollos, y tú tienes a tu chica. Esto es puro cuerpo. Y tercero: sin límites, salvo que alguno se haga daño de verdad. Si algo va demasiado lejos, decimos una palabra clave: ‘abismo’. Mientras no se diga, podemos ir tan fuerte como queramos.”
Sus palabras me golpearon como un rayo. Era tan directa, tan clara con lo que quería, que algo dentro de mí se encendió. Tragué saliva, con la garganta seca, y asentí despacio. “Entendido”, logré decir, con la voz ronca. Ella sonrió, con un toque diabólico, y se levantó. “Bien. Entonces ven.” Me llevó a su dormitorio, donde la luz estaba baja, solo una lámpara pequeña en la mesita de noche iluminaba la habitación con un tono cálido. Sobre la cama había una caja pequeña, discreta, pero supe de inmediato qué contenía. El cinturón. No lo había olvidado desde que vi esa foto. “¿Quieres usarlo?”, preguntó al notar mi mirada, con una voz baja, casi un susurro, pero cargada de desafío. Asentí sin dudar. “Entonces sácalo.”
Mis manos temblaban un poco mientras abría la caja y tomaba el cinturón de cuero negro. Era más pesado de lo que imaginaba, y solo sostenerlo hizo que mi pulso se disparara. Lucía se quitó la camiseta por encima de la cabeza, dejando al descubierto su piel suave, que brillaba bajo la luz tenue. Sus pechos, firmes y tentadores, me hicieron perder el aliento. No podía dejar de mirarla mientras se deshacía de las braguitas y se quedaba desnuda frente a mí. “Desnúdate”, ordenó, y obedecí sin pensarlo, tirando mi ropa al suelo de cualquier manera. Nos besamos con hambre, con urgencia, nuestras manos recorriendo cada rincón del otro. Ella rompió el beso un momento y me miró fijamente. “Ponme el cinturón en la cintura. Y apriétalo bien. Si hago algo que no te gusta, tira de él para controlarme.”
Hice lo que me pidió, rodeé su cintura con el cuero y tiré hasta que quedó ajustado, tan fuerte que ella soltó un jadeo breve. Pero solo sonrió. “Así está perfecto.” Nos dejamos caer en la cama, mis manos deslizándose por su cuerpo, su piel cálida y suave, pero con una tensión que se notaba en cada músculo, como si también estuviera al límite de la expectativa. Mi deseo era evidente, casi doloroso, y cuando ella deslizó su mano sobre mí, contuve el aliento. “¿Puedo tocarte así?”, preguntó con un tono fingido de inocencia que me volvió loco. “¿No debería pedir permiso primero, como una niña buena?” Asentí, con la voz áspera. “Sí, deberías. Y si lo haces otra vez sin preguntar, te castigaré.”
Se mordió el labio, sus ojos brillando con un destello de desafío. “¿Cómo?”, insistió. Dudé un instante, pero ella me empujó. “Pégame. En la cara. Quiero sentirlo.” Me quedé helado. Era algo nuevo, intenso, fuera de lo que había imaginado. Pero me miraba con tanta hambre, con tanta exigencia, que no pude resistirme. “Piensa en tu chica. Piensa en cómo te deja de lado, en cómo no te da lo que necesitas. Saca esa rabia. Pégame, tan fuerte como puedas.” Sus palabras se clavaron en mí, y lo hice. Mi mano impactó contra su mejilla, más fuerte de lo que pretendía, haciendo que su cabello volara sobre su rostro. Por un segundo me asusté de mí mismo, pero entonces vi su sonrisa, amplia y salvaje. “Hazlo otra vez cuando quieras”, susurró. “Quiero que me pegues.”
El aire entre nosotros estaba cargado, eléctrico, como si una corriente primitiva nos envolviera. Ya no había vuelta atrás. Nos lanzamos el uno sobre el otro, mis manos aferraron sus caderas, tirando del cinturón mientras ella se colocaba sobre mí. Su cuerpo se movía con un ritmo que me llevaba al borde de la locura. Era feroz, exigente, sus uñas se clavaban en mis hombros mientras subía y bajaba. “Más fuerte”, jadeó, y obedecí, empujando con más intensidad, usando el cinturón para guiarla. Sus gemidos se volvieron más altos, casi gritos, y sentí que yo también estaba a punto de perder el control. Pero no quería que terminara tan pronto.
La bajé con un movimiento brusco, girándola boca abajo en la cama. El cinturón seguía en su cintura, y lo usé como agarre, tirando de ella hacia mí mientras la penetraba desde atrás. Su espalda se arqueó, su rostro se hundió en la almohada, pero giró la cabeza para mirarme. “Fóllame como si fuera la última vez”, susurró, y perdí cualquier resto de control. Mis embestidas se volvieron rápidas, duras, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y mi respiración entrecortada. Sus manos se aferraban a las sábanas, y sentí cómo temblaba bajo mí, cómo su cuerpo se tensaba antes de estallar en un grito ahogado. Eso me llevó al límite, y me dejé ir dentro de ella, el mundo desvaneciéndose por un instante.
Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, pero Lucía no había terminado. Se giró hacia mí, sus ojos todavía encendidos de deseo. “Otra vez”, murmuró, atrayéndome hacia ella. Esta vez fue más lento, pero igual de intenso. Se sentó sobre mí, sus piernas alrededor de mis caderas, sus manos enredadas en mi pelo mientras me besaba con una urgencia salvaje, su lengua explorando sin descanso. Mis manos recorrieron su espalda, tirando del cinturón para sentirla aún más cerca. Cambiamos de posición, ella quedó boca arriba, sus piernas sobre mis hombros mientras la tomaba con profundidad, con intención, sus ojos entrecerrados por el placer. “Dime lo bien que se siente”, susurré, y ella gimió, con la voz temblorosa. “Joder, tan bien. No pares.”
El tiempo parecía no existir. En algún momento acabamos en el suelo, con ella apoyada contra la pared, mientras yo la tomaba por detrás, una mano enredada en su pelo, la otra en su cadera. Su cuerpo temblaba con cada embestida, y sentí cómo llegaba de nuevo al clímax, sus músculos apretándome con una intensidad que casi me hizo perder la cabeza. Era crudo, animal, pero había algo más, una conexión que no esperaba. No éramos amantes, no en el sentido clásico, pero en ese momento éramos más que solo cuerpos. Éramos dos personas dándose algo que no encontraban en ningún otro lugar.
Cuando todo terminó, nos dejamos caer en la cama, exhaustos, las sábanas revueltas, el aire cargado con el olor de nuestro sudor y nuestra respiración. Lucía se giró hacia mí, con una sonrisa apenas perceptible en los labios. “Esto era justo lo que necesitaba”, dijo en voz baja. Asentí, todavía tratando de recuperar el aliento. “Sí. Yo también.” Sabíamos que esto era algo único, o al menos debía serlo. Pero mientras yacía allí, con su piel cálida junto a la mía, una parte de mí se preguntaba si podría simplemente volver a mi vida de antes, como si nada hubiera pasado. Por ahora, aparté ese pensamiento. La noche seguía siendo nuestra, y quería exprimir cada segundo de lo que quedaba.
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