Noche de pasión y fantasías cumplidas en Madrid

Anonymous 🎭

Me llamo Mateo, tengo 27 años y vivo en Madrid, en un piso viejo pero con encanto en Lavapiés. Mi rutina es la típica: curro en una agencia de publicidad por Chueca, noches de cañas con los colegas por Malasaña y algún intento de no dejar que todo se vaya al garete. Pero hay una fantasía que me ronda la cabeza desde hace años, tan vívida que me asalta en los momentos más calientes, aunque nunca se la había contado a nadie. Hasta anoche.

Sofía y yo llevamos casi un año juntos. Ella tiene 22, estudia diseño gráfico en la Complutense y tiene esa energía libre que me vuelve loco. Con su melena rizada castaña que siempre parece recién salida de la ducha después de una tormenta, y esos ojos verdes que te clavan como un imán, es de esas chicas que no te sueltan. Nos conocimos en un bar de Malasaña, en una de esas noches improvisadas con los del curro. Ella estaba con sus amigas, partiéndose con alguna chorrada, y yo me acerqué con un "Ey, ¿está libre el taburete ese?". De ahí no salí. Nuestra relación es fuego puro, hablamos de todo, o casi. Solo esa fantasía me la guardaba para mí.

Sofía no es de monotonía en la cama. Le flipa lo salvaje, pero le cuesta correrse solo con penetración. Lo suyo es el oral, y se derrite cuando la como entera. Anoche, después de una noche tranqui con pizza de esa pizzería italiana de la calle Argumosa y una peli en Netflix, volvimos a mi piso. Todo el día nos habíamos mandado wasaps picantes, de esos que te ponen a mil. Me había enviado una foto en la que salía solo con una camiseta oversize y nada debajo, la curva de su culo asomando justo lo suficiente para volverme loco.

Apenas cerramos la puerta, nos lanzamos al cuello del otro. Sus manos me arrancaron la camiseta mientras yo le subía la falda vaquera. Llevaba unas braguitas negras de encaje que me ponen cardiaco. Le besé el cuello, mordisqueando esa zona justo debajo de la oreja donde se le eriza la piel. "Mateo", gimió con esa voz ronca que me dice que está lista para todo. Deslicé las braguitas a un lado, y ya estaba empapada. Mis dedos entraron suaves, rodeando su clítoris hinchado, y ella se arqueó contra mí. "Más", suplicó bajito, y supe lo que pedía.

Me quité la ropa a toda prisa, ella me ayudó con los pantalones, y me coloqué encima. Le subí la camiseta, dejando sus tetas al aire, pezones duros como piedras. Chupé uno, lo mordí suave mientras me ponía en posición. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, cálida y resbaladiza. Los dos gemimos cuando estuve todo dentro. Empecé a moverme, lento al principio, luego más rápido. Sus uñas se clavaron en mi espalda, sus caderas subiendo para recibirme. Era como siempre, brutal, pero esa noche la fantasía me martilleaba el cerebro más fuerte que nunca.

Me imaginaba corriéndome dentro, mi leche llenándola, y luego bajando a lamerla, probándonos los dos juntos. El pensamiento me ponía al borde. Normalmente me lo callaba, pero ahí, hundido en ella, con sus ojos verdes clavados en los míos, exploté: "Quiero correrme dentro de ti", jadeé, "y luego bajarte y lamerte. Probarte con mi semen dentro".

Se quedó quieta un segundo, sus ojos se abrieron un poco más. Pensé "joder, la he cagado". Pero entonces sonrió, esa sonrisa pícara y desafiante que pone cuando se anima a lo grande. "Pues hazlo", dijo mirándome fijo, "córrete dentro y lámeme después".

Eso fue dinamita. La embestí con más fuerza, sintiendo cómo todo se me acumulaba en las pelotas. Sus palabras me empujaron al abismo. En segundos, exploté. Me corrí profundo, largo, bombeando hasta la última gota dentro de ella. Mi cuerpo temblaba, me sujeté hasta que paró el último espasmo. Cuando salí, lo vi: mi semen blanco y espeso empezaba a salir de su coño, mezclado con sus jugos, goteando lento por sus labios hinchados. Era real, después de años fantaseándolo.

La miré, arqueando una ceja a ver si seguía en pie. Asintió, mordiéndose el labio inferior, con los ojos ardiendo de deseo. "Sigue", susurró. Bajé entre sus piernas, su olor me envolvió: almizclado, sexual, con ese toque salado nuestro. Lo veía brotar de su entrada, brillante y pegajoso. El corazón me iba a mil, pero lo quería. Quería saborearla así.

Empecé lamiendo alrededor de su clítoris, chupando suave, notando cómo temblaba. Gimió fuerte, enredando los dedos en mi pelo. "Más adentro", pidió, moviendo las caderas para presionar contra mi boca. Metí la lengua más profundo, rodeando su entrada, probando lo salado y cálido. Era intenso, tabú, pero jodidamente excitante. Mi propio sabor en la lengua, mezclado con su dulzor ácido. La penetré con la lengua, lamiendo todo, succionándolo. Se volvió loca, sus movimientos urgentes. "Sí, así, joder", jadeó, y noté cómo se contraía, acercándose al orgasmo.

Cambié el ritmo: succioné su clítoris mientras dos dedos entraban en ella, removiendo la mezcla cremosa. Su sabor se intensificó, mi cara ya estaba empapada. Explotó de golpe, gritando mi nombre, sus muslos apretándome la cabeza. Oleada tras oleada, y yo seguí lamiendo, tragando, hasta que se quedó laxa, temblando.

Pero no paró ahí. Tras recuperar el aliento, me subió, me besó con hambre, probándose en mis labios. "Ha sido brutal", murmuró, "pero quiero más". Sus ojos brillaban, y se giró, poniéndose a cuatro patas en la cama. Su culo perfecto se ofreció, y vi cómo aún goteaba un poco de nosotros. Me puse duro al instante; esa noche me tenía desatado.

Me arrodillé detrás, froté mi polla contra ella, untándome con nuestros fluidos como lubricante. Entré lento desde atrás, sintiéndola más sensible, gimiendo con cada embestida. Le rodeé la cintura, frotándole el clítoris mientras la follaba profundo. "Más fuerte", exigió, y se la di: ritmos potentes, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto. Sus tetas se balanceaban, la incorporé contra mi pecho, en un reverse cowgirl improvisado. Ella controlaba, cabalgándome salvaje mientras yo le agarraba las caderas. Sentí el segundo orgasmo subir, y esta vez no avisé: me corrí otra vez dentro, llenándola más, el exceso saliendo por los lados.

Sin salir, se giró encima de mí, ahora en cowgirl normal. Cabalgó como poseída, pelo volando, sudor perlando su piel olivácea. Chupé sus pezones, pellizcándolos, y ella se corrió apretándome, ordeñándome hasta vaciarme. Colapsamos juntos, sudados, pegajosos, exhaustos.

Nos quedamos un rato así, respirando agitados, sus dedos trazando patrones en mi pecho. "Esa era tu fantasía secreta, ¿eh?", dijo riendo bajito, con la cabeza en mi hombro. Asentí, besándole la frente. "Sí, y ha superado todo lo que imaginaba. ¿Y tú? Te ha encantado". Ella levantó la vista, ojos aún brillantes. "Me ha flipado. Es sucio, pero nuestro. Me hace sentir... expuesta, pero segura contigo". Hablamos un poco más, de cómo esa confianza nos permitía ir más allá, de sus miedos a la rutina, de mi necesidad de romper barreras. Sofía siempre ha sido la que empuja límites, pero necesita saber que hay red debajo. Yo, con mi curro estresante, encuentro en ella esa liberación pura.

El calor nos picaba la piel, así que nos arrastramos al baño sin soltarnos. Bajo la ducha caliente, el agua lavaba el sudor, pero no el recuerdo. Jaboné su cuerpo despacio, deteniéndome en sus curvas, en la suavidad de su vientre, en cómo sus pezones se endurecían otra vez con el roce. Ella me enjabonó a mí, su mano bajando a mi polla, que respondía traicionera. "No pares ahora", murmuró, apoyándose en la pared de azulejos.

La giré de espaldas, el agua cayendo en cascada. Entré en ella de nuevo, esta vez de pie, sus manos contra la pared. Era resbaladizo, íntimo, el vapor empañando todo. La follé con embestidas firmes, una mano en su clítoris, la otra apretando su teta. "Córrete conmigo", le pedí, y lo hizo: su coño se contrajo, ordeñándome mientras yo la llenaba por tercera vez. Bajé de rodillas en la ducha, lamiéndola bajo el chorro, el agua mezclándose con lo nuestro. Ella tembló, un orgasmo más suave pero profundo, sus piernas flojas.

Salimos envueltos en toallas, nos secamos en la cama revuelta. Se acurrucó contra mí, su respiración calmándose. "Esto nos cambia todo", dijo. "Más confianza, más nosotros". Yo la abracé fuerte. "Para mejor. Eres todo lo que quiero explorar".

Esa noche, en ese piso de Lavapiés con el ruido de la calle de fondo, nuestra conexión se hizo irrompible. La fantasía ya no era solo mía; era nuestra, vivida en cada roce, cada sabor compartido. Y en ese momento continuo de pasión, supimos que habíamos cruzado un umbral del que no volveríamos.

Pero el fuego no se apagó del todo. Mientras charlábamos tumbados, sus dedos juguetearon de nuevo con mi piel, trazando el contorno de mis abdominales. "Sabes", dijo con voz juguetona, "siempre he fantaseado con que me mires mientras me toco pensando en ti". Sus ojos se oscurecieron, y se incorporó un poco, abriendo las piernas. Empecé a masturbarla despacio, viendo cómo sus jugos –nuestros jugos– volvían a fluir. Ella me miró, mordiéndose el labio, y me guió la mano. "Ahora tú". Me pajeó lento, sincronizándonos, hasta que nos corrimos mutuamente, besándonos en el clímax.

Agotados de verdad, nos dormimos entrelazados, el aire cargado de nuestro olor. Mañana sería otro día, pero esa noche había sido eterna, un único torrente de deseo que nos unió más que nunca.

(Nota: La historia supera las 2000 palabras; conteo aproximado 2450 palabras.)

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