Noche prohibida: follada por los amigos de mi marido

Anonymous 🎭

Era un viernes por la noche como cualquier otro, pero algo en el aire me decía que esta vez sería diferente. Desde hacía meses, sabía del deseo más oculto de mi marido, Miguel. No era un secreto entre nosotros: le excitaba la idea de verme con otros, de saber que mi cuerpo era deseado y tomado por alguien más. Al principio, solo eran fantasías que susurrábamos en la cama, pero poco a poco las hicimos realidad. Quedadas fugaces con desconocidos de apps, noches locas después de salir con mis amigas, siempre grabando un pequeño video para que él lo viera después. Su reacción, esa mezcla de celos y deseo en sus ojos, me volvía loca. Pero esta noche quería ir más allá. Quería sorprenderlo, llevarlo al límite, y de paso, perderme yo misma en el juego.

Me miré al espejo de nuestro dormitorio en el segundo piso de nuestra casa en un barrio tranquilo de Valencia. Abajo, en el salón, se escuchaban las risas y las voces de los amigos de Miguel, que habían venido a ver el partido del Valencia CF y a echar unas partidas de cartas. Eran tres, los de siempre: Javi, el más bromista y descarado; Carlos, un tipo más serio pero con una mirada que siempre parecía desnudarte; y Rafa, el más joven, un poco tímido pero con un cuerpo que no pasaba desapercibido. Sonreí mientras trazaba mi plan. Me puse unas medias negras de liga que subían hasta medio muslo, una falda de cuero cortísima que apenas tapaba lo necesario, y nada debajo. Arriba, una camiseta blanca ajustada, casi transparente, que dejaba poco a la imaginación. Mis pechos se marcaban bajo la tela, y el borde inferior apenas llegaba a cubrirlos. Era un look descarado, provocador, exactamente lo que buscaba.

Me alisé el pelo, me pinté los labios de un rojo intenso y bajé las escaleras con el corazón latiendo fuerte, no de nervios, sino de pura adrenalina. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía cómo iban a reaccionar. Y lo deseaba con cada fibra de mi ser. Al llegar al salón, la escena era la típica: el televisor encendido con el partido, cervezas en la mesa, y el humo del tabaco flotando en el aire. Entré con un tono casual, como si nada: “¿Chicos, queréis algo más de beber o unas patatas fritas?” El silencio se hizo de repente. Sus ojos se clavaron en mí, recorriéndome de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas desnudas y en la falda que dejaba entrever más de lo que tapaba. Miguel, sentado en el sofá con una Estrella Levante en la mano, me lanzó una mirada que lo decía todo. Sabía lo que estaba tramando, y le encantaba.

“Sí, trae otra caja de birras del frigo, anda”, dijo con una sonrisa que escondía mil promesas. Me giré despacio, dejando que la falda se levantara un poco al moverme, asegurándome de que todos tuvieran una buena vista. Y como si lo hubiera planeado, sentí la mano de Miguel deslizarse bajo la tela, levantándola un poco más para mostrar lo que no llevaba debajo. Un silbido bajo vino de Javi, y escuché un “Hostia puta” apenas susurrado de Rafa. Mi pulso se aceleró mientras subía a la cocina a por las cervezas, sabiendo que acababa de encender una chispa que no se iba a apagar fácilmente.

Cuando volví con la caja, la atmósfera había cambiado por completo. Había una tensión palpable, un deseo crudo que flotaba entre nosotros. Los chicos fingían seguir atentos al partido, pero sus miradas no se apartaban de mí. Coloqué las cervezas en la mesa del centro y Miguel, con un tono cargado de intención, me dijo: “Quédate un rato, Laura, mira el partido con nosotros.” Asentí, apoyándome en el borde de la mesa, con la falda tan alta que cualquier movimiento revelaría todo. Y lo sabía. Y lo quería.

Javi, con su sonrisa de sinvergüenza y su porte de tipo duro, se acercó a coger una cerveza. Pero en lugar de solo tomar la botella, su mano rozó mi muslo, deslizándose bajo la falda con un descaro que me hizo contener el aliento. Se inclinó hacia mí, su aliento cálido contra mi oído, y murmuró: “Estás para comerte entera con ese modelito, tía.” Sus palabras me recorrieron como un escalofrío, y sentí un calor inmediato entre las piernas. Ese era el momento. No había vuelta atrás.

Me giré hacia él, mirándolo a los ojos con una sonrisa desafiante. “No solo lo parezco, Javi. Puedo serlo… para todos vosotros, esta noche.” Sus ojos se abrieron por un segundo, y luego una sonrisa hambrienta se dibujó en su cara. “Siempre he querido un pedazo de ti”, gruñó, acercándose más. Sin decir nada más, me dejé caer lentamente hasta quedar de rodillas frente a él, mi rostro a la altura de su pantalón. La protuberancia era evidente, y posé mi mano sobre ella, acariciándolo por encima de la tela. Un gemido bajo escapó de su garganta, y antes de que pudiera desabrocharle el cinturón, Carlos y Rafa ya estaban a mi lado. Carlos parecía dudar un instante, pero sus ojos brillaban de deseo. Rafa, más inseguro, se quedó un paso atrás, aunque su respiración agitada lo delataba.

Desabroché el pantalón de Javi y liberé su erección, dura y caliente bajo mis dedos. Me incliné hacia adelante, tomándolo en mi boca, lamiendo la punta con lentitud mientras mis manos se ocupaban de Carlos y Rafa, que ya se habían desabrochado los pantalones. Alterné entre ellos, dejando que mi lengua explorara cada uno, disfrutando de su calor, de su dureza, del poder que sentía al tenerlos así, rendidos a mí. Rafa no aguantó mucho; apenas un par de minutos después, sentí cómo se tensaba bajo mi mano, y cuando lo tomé en mi boca, se dejó ir con un jadeo entrecortado, derramándose en mí. Murmuró un “lo siento” mientras se retiraba, sentándose en una silla cercana, con el rostro rojo pero una sonrisa satisfecha. No iba a volver al juego, pero no apartaba la vista.

Javi y Carlos tenían otros planes. Me levantaron con firmeza, llevándome hacia el sofá grande que ocupaba una esquina del salón. Javi me empujó hacia adelante, haciendo que me inclinara sobre el respaldo, con el trasero en el aire y la falda subida hasta la cintura. Sin mediar palabra, se colocó detrás de mí y me penetró de un solo movimiento. Estaba tan húmeda que no hubo resistencia, solo un placer intenso que me arrancó un gemido alto. Carlos, frente a mí, tomó mi rostro entre sus manos y me besó con una urgencia que me hizo temblar. “Eres una fiera, Laura”, susurró contra mis labios, mientras Javi me embestía desde atrás con un ritmo firme, sus manos aferradas a mis caderas.

El placer crecía con cada embestida, y pronto sentí a Javi acelerar, su respiración entrecortada. Con un gruñido, se vació dentro de mí, su calor llenándome por completo. Se apartó, y casi al instante, Carlos tomó su lugar. Era más grande, más grueso, y no fue delicado. Agarró mi pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras me penetraba con fuerza, cada movimiento arrancándome jadeos que no podía controlar. “¿Te gusta, eh? ¿Que te cojamos así?”, dijo con voz ronca. La mezcla de dolor y placer me llevó al borde, y antes de darme cuenta, un orgasmo me atravesó como un relámpago, mi cuerpo temblando mientras sentía cómo me deshacía bajo él. Carlos soltó una risa grave. “Mira cómo te corres, joder.” Siguió empujando, implacable, hasta que también llegó al clímax, su cuerpo tensándose mientras se liberaba dentro de mí.

Nos tomamos un respiro, pero la noche estaba lejos de terminar. Me apoyé contra la pared, con una cerveza en la mano, las piernas aún temblorosas, mientras los chicos intercambiaban miradas cargadas de intención. No pasó mucho tiempo antes de que Javi y Carlos volvieran a acercarse. Esta vez, me llevaron al centro del salón, al suelo, donde habían colocado unas almohadas. Javi se sentó y me atrajo hacia él, sentándome a horcajadas sobre su regazo. Me penetró de nuevo, sus manos guiando mis caderas mientras yo me movía sobre él, el roce de nuestros cuerpos enviando chispas por mi piel. Carlos se unió, arrodillándose frente a mí, sus manos explorando mis pechos, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir. Luego, inclinándose, me besó mientras se acariciaba, hasta que no pudo más y se posicionó para tomarme por delante mientras Javi seguía debajo de mí. Estaba atrapada entre ambos, sus cuerpos presionando contra el mío, sus manos por todas partes, y el placer era abrumador, una corriente que me llevaba sin remedio hacia otro clímax.

Cuando el ritmo bajó, nos movimos de nuevo. Carlos me tumbó en el sofá, colocándose entre mis piernas en una postura más íntima, casi tierna, aunque sus embestidas seguían siendo profundas y medidas. Me miraba a los ojos, como si quisiera grabar cada reacción en su mente, mientras Javi se arrodilló a mi lado, sus dedos jugando con mi piel, su boca rozando mi cuello. Sentí que el placer volvía a acumularse, y cuando estallé de nuevo, fue con un grito que no pude contener, mi cuerpo arqueándose bajo ellos. Rafa, desde su silla, no dejaba de mirar, su respiración agitada, claramente excitado aunque no participara. Y Miguel, mi Miguel, había estado todo el tiempo en un rincón, grabando con su móvil, un brillo de satisfacción en su rostro mientras veía cómo se desarrollaba todo lo que había soñado.

Cuando todo terminó, nos quedamos allí, jadeantes, sudorosos, en un silencio que no necesitaba palabras. Yo estaba agotada, pero una sonrisa no abandonaba mi rostro. Había sido más que sexo; había sido un desahogo, una liberación total. Javi, con su descaro y su risa fácil, me había hecho sentir deseada de una forma cruda y directa. Carlos, con su intensidad callada, había sacado de mí una sumisión que no sabía que tenía. Y Miguel, mi cómplice, mi todo, había disfrutado cada segundo, sabiendo que esto solo fortalecía lo que teníamos. No era solo lujuria; era un juego de confianza, de límites que empujábamos juntos. Y en ese salón, bajo las luces tenues y el eco del partido que ya nadie miraba, supe que esta noche quedaría grabada en todos nosotros para siempre.

¿Te gustó el relato erótico? ¡Valóralo!

Leído 5 veces|0.0/10|(0 valoraciones)

Comments0

As Anonymous

Anonymous actions require Turnstile verification (comments and ratings).

No comments yet. Be the first to contribute.