Noche salvaje con mi mujer ebria y desatada

Anonymous 🎭

Hay momentos en los que siento un cosquilleo recorriéndome entero solo de pensar en cómo se suelta mi mujer, Clara, cuando se pasa un poco con las copas. Esa faceta suya, salvaje e impredecible, me enciende de una manera que no puedo ni explicar. Y ella lo sabe perfectamente. A veces juega con eso, como si fuera un pacto silencioso entre los dos, donde ella se deja llevar y yo me pierdo en disfrutar cada segundo de su abandono.

Anoche fue uno de esos días. Clara había quedado con unas amigas para celebrar el cumpleaños de una compañera de trabajo en un bar del centro de Málaga, de esos con luces tenues y un patio trasero donde el bullicio de la noche se mezcla con el olor a sal del mar. Por la tarde, mientras se arreglaba frente al espejo del baño, me pidió si podía llevarla y recogerla más tarde. “Solo un par de vinos, te lo juro, que mañana madrugo”, dijo con esa sonrisa suya que parece inocente pero que yo sé que esconde algo más. Se había puesto un vestido negro ajustado, de esos que marcan cada curva de su cuerpo, y el pelo suelto, cayéndole en ondas oscuras sobre los hombros. Estaba guapísima, y yo ya intuía que lo de “un par de vinos” era más un deseo que una realidad.

Pasadas las once de la noche, me llegó un mensaje suyo. “¿Puedes venir a por mí? Estoy en ‘El Rincón del Tapeo’.” Me puse una chaqueta y cogí las llaves del coche sin pensarlo dos veces. Mientras conducía por las calles estrechas del casco antiguo, con el ruido de la gente y las terrazas llenas de vida, recibí otro mensaje: “Date prisa, que las chicas están pidiendo chupitos de anís.” Solté una carcajada. Eso ya pintaba a más que “un par”. Tardé unos quince minutos en llegar, y cuando aparqué frente al bar, la vi salir tambaleándose del local junto a su amiga Rocío, las dos riéndose a carcajadas y agarrándose la una a la otra para no caerse.

Clara me vio desde la acera y gritó con esa voz pastosa que se le pone cuando ha bebido de más: “¡Cariño, estoy aquí!” Se acercó al coche tropezando un poco, abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento con un suspiro teatral. De inmediato me llegó una mezcla de su perfume dulzón, mezclado con el olor a sudor y a licor que desprendía. Estaba como una cuba, algo que no la veía desde hacía tiempo. Sus mejillas estaban rojas, los ojos brillantes y vidriosos, y antes de que pudiera decir nada, se inclinó hacia mí y me besó con una intensidad que me pilló desprevenido. Su lengua se coló en mi boca con una urgencia que me hizo acelerar el pulso al instante.

El trayecto de vuelta a casa fue un descontrol. Clara balbuceaba cosas en mi oído, palabras sucias que apenas entendía entre su risa y el hipo que le daba de vez en cuando. Sus manos, torpes pero insistentes, empezaron a juguetear con el botón de mi pantalón. “Te quiero ahora mismo, Javi”, murmuró con la voz ronca mientras intentaba bajarme la cremallera. Yo trataba de mantener los ojos en la carretera, con las luces de los faros iluminando las calles vacías de la periferia, pero su aliento cálido en mi cuello y sus dedos torpes me estaban volviendo loco. Al final, entre risas y un par de intentos fallidos, se rindió y apoyó la cabeza en mi regazo, quedándose medio dormida con un ronquido suave y algún que otro hipo. No pude evitar reírme; incluso en ese estado, me parecía adorable.

Cuando llegamos a casa, un pequeño piso en un barrio tranquilo de la ciudad, la ayudé a bajar del coche. Iba tambaleándose tanto que, al intentar abrir la puerta del portal, perdió el equilibrio y casi se cae de bruces contra el seto que hay junto a la entrada. “¡Hostia, Clara!” exclamé entre risas mientras la sujetaba por la cintura. Pero en lugar de dejarse ayudar, me agarró por la camiseta y tiró de mí hacia abajo con una fuerza que no me esperaba. “Ven aquí, que te necesito ya”, susurró con la voz cargada de deseo, sus manos empezando a tirar de mi ropa. Por un segundo, me dejé llevar por esa urgencia suya, sintiendo las ramas del seto pincharme la espalda y sus dedos calientes buscando mi piel. Pero sabía que no podíamos seguir ahí, así que la levanté casi en volandas, la llevé dentro y la dejé caer sobre nuestra cama con un golpe sordo.

Clara soltó una risita mientras intentaba subirse encima de mí, pero estaba tan borracha que no paraba de perder el equilibrio y caía de nuevo contra mi pecho. “Estoy hecha un desastre, haz lo que quieras conmigo”, murmuró con los ojos entrecerrados y una sonrisa torcida que me atravesó como un rayo. Esas palabras, tan directas y llenas de entrega, me encendieron de una manera brutal. La giré con cuidado hasta dejarla boca arriba, le quité el vestido negro levantándolo por encima de su cabeza y lo tiré al suelo sin miramientos. Su piel estaba caliente, casi ardiendo, y el leve aroma a alcohol que desprendía solo aumentaba mi deseo. Besé su cuello, dejando que mis labios recorrieran su clavícula mientras mis manos desabrochaban su sujetador con rapidez. Ella soltó un suspiro suave, sus dedos se enredaron en mi pelo mientras yo seguía besando su torso, bajando poco a poco.

Me tomé mi tiempo, como siempre hago cuando se entrega así. Mis manos recorrieron sus caderas, deslizando su ropa interior hacia abajo mientras ella se retorcía bajo mi toque. “Más, Javi”, susurró con la voz entrecortada, y no pude resistirme. Mis dedos exploraron su piel, mis labios bajaron por su vientre hasta llegar a ese punto donde sabía que podía hacerla perder la cabeza. Cuando la toqué ahí, con la lengua trazando círculos lentos pero precisos, soltó un jadeo que resonó en la habitación. Sus piernas temblaban, sus manos se aferraban a las sábanas mientras yo la llevaba al límite con cada movimiento, saboreando cada reacción suya, cada gemido que escapaba de sus labios.

Pero necesitaba más, sentirla más cerca. Me incorporé un momento, quitándome la camiseta y los pantalones sin apartar los ojos de ella. Estaba ahí, desnuda por completo, su respiración pesada, su piel brillando bajo la luz tenue de la lámpara de la mesita. Agarré sus caderas con firmeza, tiré de ella hacia mí y me hundí en ella despacio al principio, dejando que su cuerpo se acostumbrara al mío. Clara soltó un gemido profundo, sus uñas se clavaron en mis hombros mientras yo empezaba a moverme dentro de ella. Era puro instinto, sin control, exactamente como lo necesitábamos los dos en ese momento. Alterné el ritmo, a veces más rápido, a veces más lento, sintiendo cómo su cuerpo respondía, cómo sus caderas se alzaban para encontrarme.

“Date la vuelta”, le dije con la voz ronca, y ella obedeció a pesar de lo aturdida que estaba. Se puso de rodillas, apoyándose en los codos, mientras yo me colocaba detrás. La vista de su espalda, la curva de sus caderas, me hizo perder el aliento. La sujeté con fuerza por los lados y volví a entrar en ella, esta vez con más intensidad, nuestros cuerpos chocando en un ritmo que nos llevaba al borde. Ella gemía mi nombre, su voz quebrada por el placer, y yo podía sentir que estaba a punto de estallar. Mi control se desvanecía, mi respiración se volvía más rápida mientras empujaba con más fuerza, con más necesidad.

Sin embargo, quería verla, quería tener sus ojos en los míos. La giré de nuevo con suavidad, colocándola de lado mientras yo me posicionaba frente a ella. Levanté una de sus piernas, apoyándola sobre mi hombro, y volví a entrar en ella desde ese ángulo. Sus ojos se abrieron de golpe, un jadeo sorprendido escapó de su boca mientras yo me movía con un ritmo constante. Nuestras miradas se cruzaron, y por un instante sentí algo más que deseo; había una conexión, una intimidad que siempre me desarma. La besé con hambre, nuestras lenguas enredándose mientras seguía moviéndome dentro de ella. Sus manos se aferraron a mi espalda, sus uñas marcando mi piel, hasta que su cuerpo se tensó bajo el mío. Un grito ahogado salió de su garganta mientras temblaba, alcanzando el clímax con una intensidad que me arrastró con ella. No pude contenerme más; me dejé ir, perdido en las olas de placer que me recorrieron entero.

Jadeando, nos quedamos ahí, tumbados uno junto al otro. Sus piernas seguían enredadas en las mías, su cabeza descansaba sobre mi pecho. Murmuró algo incoherente, probablemente medio dormida, mientras yo le acariciaba la espalda con suavidad. No fue solo el sexo lo que hizo esa noche tan especial. Fue cómo se abrió a mí, cómo confió en mí incluso en ese estado de caos. Fue la manera en que me dejó entrar en su mundo, borracha y desordenada, pero más real que nunca. Sonreí al mirarla, con el pelo revuelto y el maquillaje corrido. Era un desastre absoluto, y yo no podía quererla más por eso.

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Comments3

As Anonymous

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  1. Anonymous7 hours ago

    Súper realista y romántico a la vez. Esa conexión al final es lo mejor.

  2. Anonymous9 hours ago

    Uff, el intento en el coche me mató. ¡Quiero más historias así!

  3. Anonymous14 hours ago

    ¡Qué caliente! Me encanta cómo describes esa entrega total, me puso a mil.