Pacto prohibido: sexo por alquiler con mi roomie

Anonymous 🎭

Han pasado unos años desde que compartía mi pequeño apartamento en el centro de Valencia para poder pagar el alquiler. No era fácil convivir con un desconocido, pero cuando Clara llegó, todo cambió. Tenía 25 años, recién terminada la carrera, y una mezcla de dulzura y picardía que se notaba a leguas. Sus ojos oscuros, grandes y curiosos, parecían esconder algo más, algo que te atrapaba sin darte cuenta. Nunca imaginé que esa convivencia se convertiría en los meses más intensos de mi vida.

Me llamo Javier, tengo 34 años, estoy soltero y en ese entonces trabajaba como diseñador gráfico freelance. Mi piso en el barrio del Carmen era mi refugio, un lugar con encanto, de techos altos y balcones que daban a calles estrechas llenas de vida. Pero las facturas me ahogaban, así que puse un anuncio en una web de compañeros de piso. Clara apareció en mi vida tras responder a ese anuncio. Desde el primer día que la vi, supe que iba a ser un problema, pero de los buenos. Llegó con una falda ligera de flores y una sonrisa que desarmaba, y yo tuve que hacer un esfuerzo para no quedarme mirándola más de la cuenta. Era simpática, con un humor sarcástico que me enganchó al instante.

Las primeras semanas fueron tranquilas, o al menos lo intenté. Ella se instaló, y yo traté de mantener las distancias, de ser el compañero de piso serio y respetuoso. Pero la tensión estaba ahí, flotando en el aire desde el primer momento. Por las mañanas, Clara paseaba por la cocina en shorts diminutos y una camiseta ajustada, preparando café mientras el sol entraba por la ventana y marcaba cada curva de su cuerpo. Yo no podía evitar mirarla de reojo cuando se agachaba a sacar algo del cajón bajo, su figura perfecta, su piel bronceada por el verano valenciano. Más de una vez tuve que salir corriendo a darme una ducha fría para calmarme. Y ella lo sabía, estoy seguro. A veces me pillaba mirándola y me devolvía una sonrisa traviesa, de esas que dicen más de lo que aparentan. Y cuando yo volvía del gimnasio, con la camiseta pegada al cuerpo, notaba cómo sus ojos se detenían en mí un segundo de más.

Todo explotó un viernes por la noche. Era uno de esos días calurosos de finales de verano, de esos en los que el aire parece no moverse, y el ventilador del salón apenas hacía nada. Habíamos abierto una botella de vino tinto, un Ribera del Duero que compramos en el mercado de al lado, y charlábamos sentados en el sofá, con las ventanas abiertas de par en par y el ruido de la calle colándose de fondo. Ella me contó que estaba trabajando de camarera en un bar del centro, pero que apenas llegaba a fin de mes, y que tal vez tendría que buscar otro sitio más barato. Sus labios, manchados de vino, brillaban bajo la luz cálida de la lámpara, y su expresión, entre cansada y vulnerable, me llegó al fondo. Fue entonces cuando se me ocurrió, de repente, una idea que no pude sacarme de la cabeza.

—Y si te bajo el alquiler a la mitad, ¿qué te parece? —dije, con la voz más grave de lo normal, mirándola fijamente. Ella arqueó una ceja, con una media sonrisa jugando en su boca—. ¿Y qué ganas tú con eso? —preguntó, bajando el tono, casi susurrando. Se inclinó un poco hacia mí, su mano descansando en el cojín, a pocos centímetros de la mía. Sentí cómo el corazón me latía más rápido, cómo el calor subía por mi cuerpo. Me acerqué más, mi mano rozó la suya, apenas un toque, pero suficiente para que el aire se cargara de electricidad. —Dos noches a la semana eres mía. Sin complicaciones, sin sentimientos, solo tú y yo, como lo necesitemos —solté, sin rodeos, mientras la miraba a los ojos. Ella no apartó la vista, sus pupilas se dilataron un instante, y su respiración se aceleró. Asintió despacio, con un hilo de voz—. Hecho —dijo, y juro que en ese momento estuve a punto de saltar sobre ella ahí mismo, en el sofá.

La primera noche que acordamos fue el lunes siguiente. Estuve todo el día nervioso, incapaz de concentrarme en el trabajo. Cuando llegué a casa, ya era de noche. Clara me esperaba en el salón, sentada en el sofá con un vestido negro corto, de esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel. La luz tenue de la lámpara resaltaba su figura, y al verla, sentí cómo todo mi cuerpo reaccionaba de inmediato. No hizo falta decir nada. Me acerqué, la tomé de la mano y la atraje hacia mí con un movimiento firme. La empujé suavemente contra la pared, mi cuerpo pegado al suyo, y mis labios buscaron los suyos sin pensarlo dos veces. Su boca se abrió para mí, cálida, hambrienta, y su lengua se enredó con la mía mientras sus manos se deslizaban por mi espalda, tirando de mi camiseta con urgencia.

La levanté en brazos, sus piernas se enroscaron alrededor de mi cintura, y pude sentir el calor que desprendía su cuerpo a través de la tela fina de su vestido. La llevé al sofá sin romper el beso, dejándola caer con suavidad mientras mis manos recorrían sus muslos, subiendo el vestido hasta dejar al descubierto un tanga negro de encaje. Su piel estaba caliente, suave, y no pude resistirme. Me arrodillé frente a ella, aparté la tela con los dedos y acerqué mi boca a su centro. Estaba húmeda, su aroma me volvía loco, y comencé a lamerla despacio, saboreándola, mientras sus caderas se movían contra mí. Sus gemidos llenaron el salón, sus manos se aferraron a mi pelo, y susurró mi nombre entre jadeos, pidiéndome más. La llevé al límite, deteniéndome justo antes de que explotara, solo para escuchar su voz temblorosa suplicándome—: Javier, por favor… no pares.

Me incorporé, me quité los vaqueros y liberé mi erección, dura y lista. La miré a los ojos mientras rozaba la punta contra ella, provocándola, haciendo que se retorciera de impaciencia. Luego entré en ella, despacio al principio, sintiendo cómo me envolvía, tan apretada que casi pierdo el control. Comencé a moverme, con un ritmo constante, profundo, mientras ella clavaba sus uñas en mis hombros y gemía con cada embestida. Sus pechos rebotaban bajo el vestido, y no pude evitar bajarle los tirantes para liberarlos, tomando uno de sus pezones entre mis labios, succionándolo mientras seguía dentro de ella. Su cuerpo tembló bajo el mío, su respiración se volvió un jadeo descontrolado, y cuando llegó al clímax, su grito resonó en el silencio de la noche. No me detuve, seguí empujando, llevándola a un segundo pico mientras sus piernas temblaban a mi alrededor. Solo entonces me dejé ir, derramándome dentro de ella, con el corazón latiendo a mil y el sudor cubriendo nuestros cuerpos.

Nos quedamos un momento así, jadeando, sin movernos, mientras el ventilador seguía girando inútilmente sobre nosotros. Pero la noche no había terminado. Clara se incorporó, con el pelo despeinado y los labios hinchados de tanto besarnos, y me miró con una intensidad que me encendió de nuevo. Se levantó, se quitó el vestido por completo, dejándolo caer al suelo, y se acercó a la mesa del comedor. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos en la madera, y me miró por encima del hombro con una sonrisa provocadora. —Ven aquí —dijo, y no hizo falta más. Me acerqué, mis manos recorrieron su espalda, sus caderas, y la tomé desde atrás, con fuerza, mientras ella se arqueaba para recibirme. Cada movimiento era un golpe seco, su cuerpo temblaba con cada embestida, y el sonido de nuestra piel chocando llenaba el espacio. Le di un par de palmadas suaves en las nalgas, viendo cómo su piel se sonrojaba ligeramente, y ella soltó un gemido que me hizo apretar los dientes para no perderme demasiado pronto.

Cambiamos de posición otra vez. La giré para que me mirara, la levanté y la senté en el borde de la mesa, con sus piernas abiertas y sus brazos alrededor de mi cuello. Volví a entrar en ella, esta vez más despacio, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Había algo en su mirada, una mezcla de deseo y entrega, que hacía que todo fuera más intenso. Sus gemidos eran suaves ahora, casi susurros, mientras mis manos apretaban sus caderas y mis labios recorrían su cuello, mordisqueando su piel. Aceleré el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba de nuevo, y cuando llegó al clímax por tercera vez, su cabeza cayó hacia atrás, su boca abierta en un grito silencioso. Yo no pude contenerme más, me dejé llevar con ella, mi respiración entrecortada mientras todo mi cuerpo se liberaba.

Nos quedamos ahí, enredados, con el calor de la noche pegado a nuestra piel. Clara apoyó su cabeza en mi pecho, y por un momento solo se escuchó el sonido de nuestras respiraciones tratando de calmarse. No había prisa por moverse, ni por hablar. Pero cuando lo hicimos, fue para reconocer lo que ambos sabíamos: esto no era solo físico. Había algo más, una conexión que iba más allá de la piel. Me confesó que siempre había fantaseado con dejarse llevar así, sin pensar, sin control, y yo le admití que llevaba meses sin sentir algo tan real, tan crudo como lo que sentía con ella. Esa honestidad, aunque sabíamos que no había promesas de futuro, hizo que el momento fuera aún más especial.

Nos movimos al sofá otra vez, pero esta vez no para seguir, sino para descansar, con su cuerpo pegado al mío mientras el calor de la noche empezaba a disiparse. No había necesidad de llenar el silencio con palabras vacías. Estábamos exhaustos, satisfechos, y en ese momento, el mundo parecía reducirse a ese pequeño salón, a los sonidos lejanos de la calle y al roce de su piel contra la mía. Sabía que esto, lo que fuera que tuviéramos, no duraría para siempre. Pero justo ahí, con Clara a mi lado, no me importaba. Solo quería quedarme en ese instante, donde todo era perfecto.

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