Pasión prohibida con la hija de mi compañero

Anonymous 🎭

Me llamo Diego, tengo treinta y siete años y trabajo como ejecutivo de cuentas en una distribuidora de vinos en Mendoza. Mi vida es una sucesión de viajes por el país, reuniones con bodegas y cenas con clientes. Hace tres años heredé de mi abuela una vieja casa de adobe en las afueras de Maipú, con un patio enorme, parrales y una pileta que brilla bajo el sol mendocino. La alquilo por Airbnb los fines de semana para sacarme un extra. Todo iba bien hasta que mi compañero de oficina, el viejo Raúl, me pidió el lugar para su hija y sus amigas. “Es solo un fin de semana, Dieguito, te lo pago al doble”, me dijo. Acepté, claro, y le cobré menos porque es un buen tipo.

El domingo por la tarde fui a revisar la casa. Las chicas ya se habían ido, pero Martina, la hija de Raúl, todavía estaba allí. Veintidós años, estudiaba diseño gráfico en la UNCuyo y tenía esa mezcla de frescura y descaro que solo tienen las mendocinas que crecieron entre viñedos y fiestas de vendimia. Cuando llegué, la casa era un desastre: botellas de malbec vacías, toallas mojadas tiradas, manchas de protector solar en el borde de la pileta. Ella estaba en la cocina, con una remera oversized que apenas le cubría los muslos y un short de jean desteñido. El pelo negro, largo y ondulado, le caía sobre los hombros bronceados. Me miró con esos ojos verdes que parecían reírse de todo y me dijo sin vergüenza: “Te ayudo a limpiar, así no te quejás”.

Pasamos dos horas ordenando. Mientras lavábamos vasos, charlábamos. Me contó que odiaba las clases de marketing, que soñaba con irse un año a Chile a hacer ilustración, que le gustaba el vino pero solo el que “le hablaba”. Yo me reía, le contaba anécdotas de clientes borrachos en ferias y de cómo una vez me quedé dormido en una cata en Cafayate. Ella se reía con todo el cuerpo, se inclinaba sobre la mesada y yo no podía evitar mirar cómo la remera se le subía por la espalda, revelando la curva donde la cintura se estrecha antes de abrirse en las caderas. Había algo en el aire, una electricidad que ninguno de los dos nombraba. Al final del día me abrazó para despedirse. Un abrazo largo, de esos que duran dos segundos más de lo normal. Su olor a coco y a sol se me quedó pegado en la camisa.

Al día siguiente recibí un mensaje en Instagram. Era ella. “Diego, ayer me quedé con ganas de decirte algo y no me animé. Me gustás. ¿Querés tomar algo esta semana?” Leí el mensaje tres veces sentado en mi escritorio. Tenía treinta y siete, una hija de un matrimonio que no funcionó y un cuerpo que ya no era el de los veinticinco. Ella era una tormenta joven, llena de vida. Respondí que sí. Quedamos para el viernes.

Llegué a buscarla a su departamento en Godoy Cruz. Salió con un vestido negro ajustado que parecía pintado sobre su piel. El escote no era exagerado, pero suficiente para que se me secara la boca. Nos fuimos a un bodegón italiano en el centro de Mendoza, uno de esos lugares con mesas de madera, velas y olor a albahaca. La charla fluyó como el malbec que pedimos. Me habló de sus dibujos, de cómo le gustaba dibujar cuerpos desnudos y de que había hecho una serie inspirada en las curvas de las montañas. Yo le conté que había dejado de tocar la guitarra hacía años pero que todavía guardaba una en el altillo de la casa de Maipú. Cuando llegamos al postre, su pie rozó mi pierna debajo de la mesa. No fue casual. Sonrió con picardía y me dijo bajito: “Quiero ver esa guitarra… y quiero que me toques a mí”.

Terminamos en la casa de Maipú. Nadie la había alquilado ese fin de semana. La noche era cálida, de esas que huelen a tierra mojada y a jazmín del país. Apenas cerré la puerta de madera, Martina se giró y me besó. Fue un beso hambriento, sin vergüenza. Sus labios sabían a vino tinto y a deseo. Mis manos bajaron por su espalda hasta agarrar ese culo firme que había imaginado toda la semana. La levanté en el aire como si no pesara nada. Ella enroscó las piernas en mi cintura y siguió besándome mientras la llevaba hasta el dormitorio grande, el que tiene las ventanas que dan al parral.

La tiré sobre la cama con cuidado. El vestido se le subió hasta la cintura. Debajo llevaba un conjunto de encaje color borgoña que contrastaba con su piel bronceada. Me quedé mirándola un segundo, disfrutando la imagen: el pelo desparramado sobre las sábanas blancas, las piernas abiertas apenas, la respiración agitada. Me quité la camisa despacio. Ella se incorporó, gateó hasta el borde de la cama y desabrochó mi cinturón con dedos ansiosos. Cuando sacó mi verga, ya estaba completamente dura. Gruesa, venosa, con esa cabeza hinchada que siempre delata lo excitado que estoy.

“La concha… es más grande de lo que imaginaba”, murmuró con una sonrisa casi reverente. Y sin darme tiempo a responder, se la metió en la boca. No fue un chupetón tímido. Fue profundo, húmedo, ansioso. Su lengua giraba alrededor del glande mientras su mano subía y bajaba por el tronco. De vez en cuando la sacaba, me miraba a los ojos y la golpeaba contra su lengua. El sonido húmedo llenaba la habitación. Yo le agarré el pelo con suavidad, guiándola, pero sin forzar. Quería que ella marcara el ritmo. Y lo marcó. Se la tragó hasta que le lagrimearon los ojos y aun así siguió, gimiendo alrededor de mi carne.

No aguanté mucho más. La levanté, le saqué el vestido por la cabeza y la tiré de nuevo sobre la cama. Le arranqué las bragas de encaje de un tirón. Su concha estaba completamente depilada, hinchada, brillando de humedad. Me arrodillé entre sus piernas y la lamí como un hombre que lleva años sediento. Mi lengua abrió sus labios, encontró su clítoris hinchado y lo rodeó lento, luego rápido, luego succionando. Metí dos dedos y los curvé buscando ese punto rugoso que siempre las vuelve locas. Martina arqueó la espalda, agarró las sábanas y soltó un gemido largo y gutural.

“Diego… me voy a correr… no pares…”

No paré. Seguí lamiendo y chupando hasta que su cuerpo se tensó como una cuerda de guitarra y explotó. Un chorro caliente me salpicó la barbilla. Ella squirtó por primera vez en su vida, o eso me confesó después. El líquido caliente mojó las sábanas y mi pecho. Martina temblaba, jadeaba, se tapaba la cara con las manos como si le diera vergüenza. Yo me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano y la miré con una sonrisa.

“Todavía no terminé contigo, Marti.”

La puse de costado, le levanté una pierna y entré en ella de una sola embestida profunda. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo sin esfuerzo. Su concha me apretaba como un puño caliente y sedoso. Empecé a moverme lento, disfrutando cada centímetro. Ella gemía con cada golpe, agarrándome el brazo que tenía cruzado sobre su cintura. Poco a poco fui acelerando. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo redondo llenaba la habitación junto con sus gemidos cada vez más agudos.

La giré boca abajo, le puse una almohada bajo la cadera y la penetré desde atrás. Esta vez más fuerte. Mis manos se clavaron en sus caderas, atrayéndola hacia mí con cada embestida. Le di una nalgada suave, luego otra más fuerte. Ella levantó el culo pidiendo más. Le agarré el pelo, tirando su cabeza hacia atrás con suavidad. “Así… así me gusta… más fuerte, Diego… por favor…”

La follé con ritmo constante, profundo, sintiendo cómo su concha se contraía alrededor de mi verga cada vez que se acercaba otro orgasmo. Cuando llegó, gritó mi nombre contra la almohada y volvió a correrse, esta vez sin squirtear pero con contracciones tan fuertes que casi me hizo terminar. Saqué mi verga y me acosté de espaldas. Ella, aún temblando, se subió encima de mí. Me miró a los ojos mientras se bajaba lentamente, centímetro a centímetro, hasta que la tuve toda adentro. Empezó a cabalgarme con movimientos circulares, luego hacia adelante y atrás, luego rebotando con fuerza. Sus tetas perfectas, medianas y firmes, saltaban delante de mi cara. Me incorporé para chupar sus pezones duros, mordisqueándolos apenas. Ella me abrazó la cabeza contra su pecho y siguió follándome como si quisiera romperme.

El sudor nos cubría a los dos. El olor a sexo, a vino y a jazmín entraba por la ventana abierta. La tomé de la cintura y empecé a subir las caderas, follándola desde abajo con fuerza. Cada golpe hacía que mi verga entrara hasta el fondo. Martina empezó a gemir más agudo, más desesperado. “Me vengo otra vez… no puedo… Diego… me vengo…”

Su tercera corrida fue la más intensa. Todo su cuerpo se sacudió, sus paredes internas me ordeñaron con fuerza y un chorrito caliente volvió a escaparse entre nosotros. Eso me llevó al límite. La tiré de espaldas otra vez, le abrí las piernas lo más que pude y la follé en misionero profundo, mirándola a los ojos. Quería ver su cara cuando me corriera. Sus uñas se clavaron en mi espalda. Sus talones se clavaron en mi culo, empujándome más adentro.

“Adentro… quiero que te corras adentro…” susurró con voz rota.

No pude contenerme más. Con un gruñido animal sentí cómo el orgasmo subía por mis huevos y explotaba. Me corrí con fuerza, llenándola, pulsando dentro de ella mientras seguía moviéndome lento, prolongando el placer. Martina me abrazó fuerte, mordiéndome el hombro, temblando con las últimas contracciones de su propio orgasmo.

Nos quedamos así un rato largo, yo todavía dentro de ella, sintiendo cómo mi semen y sus jugos se mezclaban y salían lentamente. La besé despacio, con ternura esta vez. Ella me devolvió el beso con una sonrisa satisfecha y exhausta.

Después nos duchamos juntos. Bajo el agua caliente volvimos a tocarnos. Mis manos enjabonadas recorrieron sus tetas, su cintura, su culo. Ella se arrodilló y me chupó de nuevo, esta vez despacio, casi con devoción, hasta que me puse duro otra vez. Me senté en el banco de la ducha y ella se sentó encima, de espaldas a mí. La penetré así, bajo el chorro de agua tibia, mientras le frotaba el clítoris con dos dedos. Esta vez fue más lento, más íntimo. Nos corrimos casi al mismo tiempo, en silencio, solo con gemidos ahogados y respiraciones agitadas.

Volvimos a la cama limpios y desnudos. Ella se acurrucó contra mi pecho. Antes de dormirse me dijo algo que me quedó dando vueltas toda la noche: “Nunca nadie me había hecho sentir así. No es solo la verga, Diego… es cómo me mirás mientras me cogés. Como si quisieras comerme entera pero también cuidarme.”

Me desperté a las siete de la mañana con su boca alrededor de mi verga otra vez. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos verdes llenos de deseo y siguió chupando. La dejé hacer un rato, disfrutando la vista de su cabeza subiendo y bajando. Luego la puse de cuatro sobre la cama, de cara a la ventana que daba al parral. El sol de la mañana entraba dorado. Le separé las nalgas y la penetré despacio desde atrás. Esta vez no fue salvaje. Fue profundo, pausado, casi dolorosamente lento. Sentía cada pliegue de su concha. Ella gemía bajito, empujando hacia atrás, pidiendo más profundidad. Le pasé un brazo por debajo de la cintura y la levanté un poco, cambiando el ángulo. Cuando encontré el punto exacto, sus gemidos se volvieron más agudos otra vez.

Le hablé al oído mientras la cogía:

“Sentís cómo te lleno, ¿verdad? Sentís cada centímetro entrando y saliendo…”

“Sí… Dios… sí…”

Le metí un dedo en la boca. Ella lo chupó con desesperación. Luego bajé ese dedo mojado hasta su clítoris y lo froté en círculos. Su cuerpo se tensó. Empezó a correrse otra vez, casi sin fuerzas ya, pero con la misma intensidad. Su concha me apretó tan fuerte que terminé corriéndome dentro de ella por segunda vez, gruñendo contra su cuello.

Cuando terminamos, nos quedamos abrazados mirando cómo el sol iluminaba los viñedos. Ninguno de los dos habló de su padre, ni de la diferencia de edad, ni de lo que iba a pasar después. Solo existía ese momento: su piel contra la mía, el olor a sexo en el aire, el canto de los pájaros afuera y la certeza de que íbamos a repetir esto tantas veces como nos dejara el cuerpo.

Martina se giró, me miró a los ojos y sonrió con esa mezcla de inocencia y perversión que me volvía loco.

“Quiero que me lleves a la pileta ahora… y que me cojas dentro del agua. Después quiero que me lleves a la mesa del patio y me comas hasta que no pueda caminar. Y después… después quiero que me folles contra la pared de adobe hasta que grite tu nombre tan fuerte que se escuche hasta en la ruta.”

Me reí, la besé y la levanté en brazos.

El día apenas empezaba.

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Comments1

As Anonymous

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  1. Anonymous14 days ago

    Me encanto el toque prohibido con la hija del compañero, toy re enganchado pa más