Trío intenso con la novia de mi amigo en su piso

Anonymous 🎭

Un viernes por la noche cualquiera, de esos que prometen poca cosa, me encontraba en el departamento de mi amigo Carlos, en un edificio viejo del centro de Guadalajara. El lugar tenía ese encanto desgastado de las construcciones antiguas: techos altos, pisos de madera que crujían con cada paso y un aire nostálgico que parecía impregnado en las paredes. Carlos y su novia, Sofía, me habían invitado a pasar el rato, tomar unas chelas y ver alguna película en su tele de segunda mano. Todo era relajado, casi demasiado tranquilo, mientras estábamos tirados en un sofá de cuero que había vivido mejores épocas. Unas botellas vacías descansaban en la mesa de centro, y la tele sonaba más como ruido de fondo que otra cosa. De pronto, Sofía, que había estado riéndose y un poco inquieta toda la noche, cambió el tono. Se levantó, empezó a moverse por la sala con un aire juguetón y nos lanzaba miradas a Carlos y a mí, miradas que oscilaban entre inocentes y provocadoras.

Llevaba un vestido ligero de verano, de esos que se suben un poco con cada movimiento y dejaban al descubierto sus piernas bronceadas por el sol tapatío. Era imposible no notar que disfrutaba ser el centro de atención. Se pavoneaba, se estiraba, se inclinaba hacia adelante, todo con una sonrisa traviesa que no dejaba lugar a dudas. Carlos solo se reía, como si estuviera acostumbrado a sus juegos, mientras yo me mantenía más callado, observándola. En un momento, se giró hacia mí, puso las manos en las caderas y, con un puchero exagerado, me soltó: “¿Qué pasa, Miguel? ¿Te gusta lo que ves o qué?”. Sonreí de lado, di un trago a mi cerveza y me encogí de hombros. “Estás bien guapa, Sofía, de verdad. Pero, no sé, no eres mi tipo.”

Su expresión cambió de juguetona a sorprendida, casi ofendida. Parpadeó un par de veces, como si no se esperara esa respuesta. Carlos soltó una carcajada y me dio una palmada en el hombro. “Es que le gustan con más curvas, mi amor. No te lo tomes personal, pero a Miguel le va lo más… bueno, contundente.” Puse los ojos en blanco y lo corregí. “No es cuestión de tamaño, compa. Es más bien que me gustan con presencia, con algo que agarrar. Me siento más a gusto así.” Sofía alzó una ceja, y su tono se volvió más agudo, curioso. “¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué, no te parezco atractiva o qué?”

Levanté las manos para calmar las aguas. “Órale, no dije eso. Estás muy bonita, en serio. Pero… no sé, con mujeres más delgadas siento que tengo que andar con cuidado, como si se fueran a romper. Me gustan más… digamos, intensas.” Sus ojos brillaron, y una sonrisa pequeña, casi peligrosa, se dibujó en su rostro. “¿Ah, sí? ¿Y si te demuestro que no soy tan frágil como crees? ¿Me dejas intentarlo?” Miré de reojo a Carlos, quien solo asintió con una calma que me descolocó. “Está bien, carnal. A mí me prende verla… bueno, experimentar. No te rayes.”

Me quedé pasmado. No me esperaba que fueran tan abiertos. Sofía dio un paso hacia mí, sus movimientos ahora más decididos, más directos. “Ándale, Miguel. Déjame convencerte de que las flaquitas también sabemos divertirnos.” Solté una risa nerviosa, más por la situación que por otra cosa. “Inténtalo, pero no creo que me hagas cambiar de opinión.” Eso pareció encenderla aún más. Sin decir más, se arrodilló frente a mí, justo entre mis piernas, y sus manos fueron directo a mi cinturón. Mi pulso se aceleró, pero la dejé hacer, intrigado por hasta dónde llegaría.

Me bajó el pantalón junto con los boxers, y sentí el aire fresco del ventilador contra mi piel antes de que sus dedos cálidos me rodearan. Me miró un instante, sus ojos brillando con un desafío que no necesitaba palabras, y luego bajó la cabeza. Sus labios me envolvieron, suaves y húmedos, y no pude evitar inhalar con fuerza. Sabía lo que hacía; su lengua jugaba conmigo mientras me tomaba más profundo, con una avidez que me tomó por sorpresa. No pasó ni un minuto antes de que mi cuerpo respondiera por completo, y ella soltó una risita baja, con un toque de triunfo. “¿Ves? No tomó tanto tiempo.” Me recosté un poco, con una sonrisa torcida. “¿Qué te puedo decir? Una mujer guapa haciéndome esto… pues claro que me pongo al tiro.”

Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor, pero no se dejó desconcentrar. Se puso de pie y, con un movimiento fluido, se quitó el vestido por encima de la cabeza, quedándose desnuda frente a mí. Su piel era tersa, con ese tono dorado que solo da el sol de Jalisco, y aunque era delgada, había una firmeza en su cuerpo que transmitía seguridad. Sus pechos pequeños se alzaban con cada respiración, y la forma en que se movía era puro magnetismo. Miré rápido a Carlos, quien ya se tocaba por su cuenta, con la mirada fija en ella. “¿Quieres estar conmigo, Miguel?” Su voz era baja, pero firme. Asentí, sin poder apartar los ojos de ella. “Sí. Claro que sí.”

Se subió a mi regazo, con las rodillas a ambos lados de mis caderas, y se posicionó sobre mí. Sus dedos guiaron mi erección hasta su entrada, y cuando empezó a descender lentamente, sentí una presión increíble. Estaba tan apretada que casi parecía una barrera, y ella mordió su labio inferior mientras se acomodaba poco a poco. “Chingado”, murmuré, con las manos en sus caderas para ayudarla. “Estás… muy apretada.” Ella soltó una risa suave, algo entrecortada. “Acostúmbrate.”

Los primeros minutos fueron cautelosos, casi delicados. Movía sus caderas en círculos lentos, adaptándose a mí, mientras sus manos se apoyaban en mis hombros, sus uñas clavándose ligeramente en mi piel. Podía ver cómo su respiración se volvía más rápida, cómo sus mejillas se enrojecían con el esfuerzo. “¿Aguantas si subo el ritmo?” pregunté, con la voz ronca. Ella asintió, con los ojos entrecerrados. “Demuéstramelo. Dale con todo.”

Eso fue todo lo que necesitaba escuchar. Mis manos apretaron más sus caderas, y con un movimiento brusco la jalé hacia abajo mientras yo empujaba hacia arriba. Ella soltó un jadeo fuerte, su cuerpo tembló como si la hubiera sorprendido. Por un segundo pensé que se echaría para atrás, pero la sostuve firme, mis dedos marcados en su piel. “¿Estás bien?” pregunté, deteniéndome un momento. Ella asintió, con la voz temblorosa. “Sí… carajo, eso fue… fuerte.” Sentía cómo estaba completamente dentro de ella, más profundo de lo que parecía acostumbrada. Su rostro mostraba una mezcla de dolor y placer, y supe que tenía que ir con cuidado, pero ella no quería parar.

“Mejor recuéstate”, sugerí, y ella estuvo de acuerdo. Cambiamos de posición; ella se acostó en el sofá, con las piernas abiertas, mientras yo me colocaba encima. Sus ojos seguían cada uno de mis movimientos, y cuando volví a entrar en ella, el ángulo era diferente, más suave, pero igual de intenso. Me movía con ritmo, a veces más rápido, a veces más lento, siempre atento a sus reacciones. Ella gemía bajito, sus manos aferradas al respaldo del sofá, y se notaba que le costaba trabajo, pero no quería detenerse. “Sigue”, susurró, con la voz quebrada. “Quiero sentirlo todo.”

De repente, escuché la voz de Carlos desde el sillón de al lado. “Oye, ¿puedo unirme?” Había estado al margen todo el tiempo, pero ahora se levantó, con los pantalones ya desabrochados. Sofía asintió sin dudar, y cambiamos de posición otra vez. Carlos se acostó en el suelo, mientras Sofía se ponía en cuatro, su boca justo sobre él. Yo me arrodillé detrás de ella, mis manos recorriendo su espalda delgada antes de levantar un poco sus caderas para encontrar el ángulo perfecto. Estaba tan apretada que empecé despacio, pero pronto aceleré, mis movimientos más fuertes, más decididos.

Sus gemidos se hicieron más fuertes, aunque estaban amortiguados por lo que hacía con Carlos. Veía cómo se esforzaba por complacerlo mientras yo la tomaba desde atrás, mis embestidas cada vez más intensas. Mis manos agarraban su cintura, jalándola hacia mí con cada movimiento, y sentía cómo llegaba a lugares que la hacían temblar. Ella dejaba escapar pequeños quejidos, un sonido entre dolor y éxtasis, pero no se detenía; al contrario, se empujaba hacia mí, buscando más.

“Acaba dentro”, dijo Carlos de pronto, con la voz áspera mientras guiaba la cabeza de Sofía con suavidad. Eso fue el último impulso que necesitaba. Ajusté un poco el ángulo, empujé más profundo, más fuerte, hasta que sentí que todo en mí se tensaba. Sofía casi gritó, su voz ahogada por lo que hacía, y yo no pude contenerme más. Con un último movimiento profundo, me dejé ir dentro de ella, mis manos firmes en sus caderas mientras mi cuerpo se liberaba. Fue como si el tiempo se detuviera por un instante, mi respiración pesada, y podía sentir cómo su cuerpo temblaba debajo de mí.

Nos quedamos así unos segundos, jadeando, antes de separarnos lentamente. Sofía estaba exhausta, sus piernas temblaban cuando se sentó, con una sonrisa débil en los labios. “Madre mía… eso fue… una locura”, murmuró, apartándose el cabello sudado de la cara. Carlos solo sonrió, me dio una palmada en el hombro y ayudó a Sofía a limpiarse un poco. Nos vestimos de nuevo, y la atmósfera se volvió extrañamente relajada, casi como si lo que acababa de pasar fuera lo más normal del mundo.

Cuando me despedí, Carlos me jaló un momento a un lado. “Estuvo cañón, ¿verdad? Ella siempre ha tenido curiosidad de algo así, y tú… pues le diste lo que quería.” Solté una risa baja, algo incómodo. “Tienes una novia de a madre, compa. No me hizo cambiar de opinión del todo, pero… qué bárbara, nunca había sentido algo tan apretado.” Él solo guiñó un ojo, y me fui a casa con la cabeza llena de imágenes que no se me borrarían fácil.

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Comments3

As Anonymous

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  1. Anonymous3 hours ago

    ¡Qué locura de trío, me dejó con la boca abierta! 🔥 Súper caliente.

  2. Anonymous19 hours ago

    Carlos es un crack por compartir, historia realista y excitante.

  3. Anonymousyesterday

    La descripción de lo apretadita está brutal, me imagino todo. ¡Repite!